¿Heredan los cónyuges separados de hecho?

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En el caso S., M. J. c/N., G. V. s/ordinario”, la sentencia de primera instancia admitió la demanda que, de conformidad con lo previsto en el art. 2437 del Código Civil y Comercial (CCyC), solicitó la exclusión del derecho hereditario de una mujer en el proceso sucesorio de su cónyuge por considerar acreditada entre ellos la separación de hecho sin voluntad de unirse.

El juez, previo a citar la normativa aplicable (arts. 2433 y 2437 del CCyC), señaló que frente al fallecimiento de uno de los cónyuges la regla general es que el supérstite (el que sobrevive) posea vocación hereditaria, pero su exclusión se produce por la separación de hecho de aquellos sin voluntad de unirse, alterándose el régimen patrimonial de bienes puesto que "la comunidad indivisa de gananciales quedará igualmente disuelta producto de la exclusión y modificará indefectiblemente el acervo hereditario del causante (arts. 435, 475, 480 y ccdtes. del CCyC)".

Refirió que, para heredar, se requería que los cónyuges no se hayan separado o cesado su convivencia de manera definitiva porque si no hay comunidad de vida, en los términos del art. 431 del CCyC, no hay vocación hereditaria, y se transforma en irrelevante la idea de culpa en la ruptura.

De acuerdo a las pruebas, consideró probado que, al menos desde 1997, los cónyuges vivían cada uno en ciudades distintas -el causante en Catriló, provincia de La Pampa y N. en Villa Sarmiento, Provincia de Buenos Aires-, que aquel se instaló en Catriló y convivió durante años con M. J. S., los hijos de esta y el hijo en común que tuvieron.

En base a ello, entendió que estaban acreditados los presupuestos que impone el artículo 2437 del CCyC; tanto el objetivo (cese de la convivencia) como el subjetivo (que no medie voluntad de unirse) y por consiguiente, que la causal de exclusión hereditaria resultó configurada sin que la demandada hubiera probado que su separación con el causante fue transitoria por motivos laborales y que el proyecto de vida en común permaneció vigente.

La demandada se agravió por entender que la residencia en domicilios distintos obedeció a cuestiones laborales y que, si bien su esposo tuvo una relación extramatrimonial con S. (la demandante), antes de fallecer (el 1.5.2018), de acuerdo a lo surge de la escritura pública de fecha 4.11.2016, aquel manifestó ser de estado civil casado y que el inmueble adquirido quedaba bajo el régimen de comunidad, por lo que, contrariamente a lo sentenciado, el vínculo matrimonial entre ellos permaneció inalterable y la acción de exclusión hereditaria debió ser rechazada.

Reprochó que se considere que los derechos hereditarios y los que corresponden a su cuota parte societaria tienen el mismo tratamiento, cuando su pretensión en la sucesión no fue como heredera de su esposo sino en su calidad de cónyuge supérstite de aquel, marco en el cual se presentó reclamando su derecho al 50% de los bienes gananciales adquiridos durante la vigencia de la sociedad conyugal; por lo cual, siendo que previamente no se concretaron las causales de disolución del matrimonio (art. 435 CCyC) ni de extinción de la comunidad (art. 475 CCyC) corresponde que se la incluya, en ese carácter, en el sucesorio de aquel.

 

 

La Cámara resolvió que para que opere la exclusión de los derechos hereditarios entre cónyuges debe probarse no solo que había cesado la convivencia sino que, además, no existía voluntad de continuar el proyecto de vida en común, toda vez que, la sola falta de convivencia en el matrimonio no siempre implica una intención de no continuar con ese vínculo.

“Estando vigente la comunidad de bienes, por no haberse disuelto el vínculo matrimonial al tiempo de la muerte, esa exclusión de derechos hereditarios no impide que el cónyuge supérstite participe en el trámite sucesorio sobre los derechos que le corresponden en la liquidación de los bienes gananciales que pudieran existir en la sociedad patrimonial habida entre ellos”, agregaron las juezas Marina Álvarez y Laura Torres.

Las magistradas señalaron que “en nuestro ordenamiento actual el matrimonio, como acto jurídico, no requiere ni exige para su constitución ni permanencia el deber de convivencia y, por consiguiente, su eventual cese o inexistencia no resultan causa de disolución del vínculo”.

Explicaron, asimismo, que “la sola comprobación material de la falta de convivencia o la modalidad en la cual se desarrolle u opten los cónyuges hacerlo –permanente, transitoria, temporal, indistinta, etc.-, desde que la cohabitación no es un deber exigible –  no podría tener entonces el efecto dirimente que se le asigna en el supuesto del artículo 2437 del CCyC, cuando estatuye que “el divorcio, la separación de hecho sin voluntad de unirse y la decisión de cualquier tipo que implica el cese de la convivencia, excluyen el derecho hereditario entre los cónyuges". 

“Es que, la consecuencia allí prevista en el marco del derecho hereditario se presenta –cuanto menos-  contradictoria con aquella primigenia directriz que no la exige como presupuesto constitutivo del vínculo matrimonial ni de su mantenimiento y pareciera estar en pugna con el principio de la autonomía de la voluntad en cuyo prisma han de ponderarse tales aspectos conforme los lineamientos que recepta la nueva legislación de fondo en la materia”, agregaron.

“Si bien cabe confirmar la exclusión de la vocación hereditaria respecto de su cónyuge,  de conformidad con lo estatuido por el artículo 2437 del CCyC según fuera decidido en la anterior instancia y, por consiguiente, que de ello deriva que no concurra como heredera junto con los descendientes sobre los bienes propios de aquel, no implica que sea excluida su participación en el sucesorio de aquel en su calidad de cónyuge supérstite y reclamando el derecho que le corresponde en los gananciales a tenor del régimen de comunidad de bienes vigente a la fecha de su fallecimiento”, concluyeron.

En el artículo “Socioafectividad y derecho sucesorio”, publicado en Temas de Derecho de Familia, Sucesiones y Bioética, Lucas Bellotti San Martín y Kevin Rother explicaron que “se produce la pérdida de la vocación hereditaria en nuestro Código por la separación de hecho sin voluntad de unirse de los cónyuges (conf. art. 2437, CCyC)”.

“Aquí hay otra valoración de la afectividad como causa de efectos jurídicos patrimoniales del derecho de familia, pues, aunque el vínculo jurídico matrimonial subsiste hay un emergente fáctico que lleva a la ley a presumir el fin del involucramiento espiritual recíproco sobre el cual reposa el instituto conyugal”, agregaron.

Y remarcaron que, a consecuencia de ello, se impide al supérstite recoger los bienes dejados por el consorte fallecido o continuar su persona, a lo cual está por regla llamado (art. 2433 y concs., CCyC).

En ese sentido, la separación de hecho indica la falta de afecto presunto entre los cónyuges, el cual configura un presupuesto del derecho hereditario conyugal.

“Ello guarda coherencia con un diseño matrimonial en el que la cohabitación constituye un elemento integrante del proyecto de vida en común asumido por los consortes (art. 431, CCyC), aunque indudablemente parece difícil de compaginar con la supresión de toda imputación de ilicitud en el ámbito matrimonial para quien interrumpe la convivencia”, enfatizaron.

“La inflexión “separación de hecho” ya no puede asimilarse, en la codificación actual, al cese de la cohabitación sino a la ruptura del proyecto de vida en conjunto sobre el cual se construye el proyecto matrimonial. No obstante, no dejamos de reconocer  las dificultades de orden probatorio que habrán de verificarse al respecto. Se trata, pues, de la extinción del afecto (en este caso, el particular afecto matrimonial), el cual se ha independizado para su exteriorización de la convivencia entre los esposos”, remarcaron.

En este punto, señalaron que se trata de un vívido supuesto de actuación de la socioafectividad en su faz negativa, pues, en la nueva codificación la verdadera indagación que deberá realizarse para determinar si el cónyuge no conviviente conserva su vocación sucesoria es la relativa a la persistencia de su relación espiritual al producirse el fallecimiento.

“Esa es la continuidad del proyecto de vida en común al que alude el artículo 431 del CCyC”, concluyeron.

 

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Fuente: Erreius